El aire traía un olor a orina de gato y amoníaco, un hedor que se incrustaba en las fosas nasales. No era natural: era picante, acaso tóxico. Y sí, gracias a un ejercicio inédito realizado por MILENIO, por primera vez lo sabemos con certeza científica: lo que cayó en esta tierra es veneno. Un veneno que intoxica las plantas y contamina el agua.
El trayecto hasta el narcolaboratorio de metanfetamina tomó dos horas desde Culiacán, en Cheyennes del Ejército, con escolta y chaleco antibalas. Algún punto de la Sierra Madre Occidental, en los límites de Sinaloa con Durango, hacia Tamazula.
El follaje ennegrecido de un cedro en plena temporada de lluvias revelaba la intoxicación química en el lugar. Los árboles parecían quemados desde las copas, como si un torbellino los hubiera envejecido de golpe. Ramas sin color, hojas marchitas, troncos debilitados. El suelo con microcristales azul turquesa que la lluvia no alcanzó a disolver. Un fango arcilloso teñido de reflejos metálicos. Un escenario común en los narcolaboratorios, pero del que poco o casi nunca se ha hablado.
El bosque es también escenario de esta guerra contra el narco. Una víctima que no grita, pero se marchita por los desechos que deja la fabricación de toneladas de “cristal”, un crimen ambiental por el que ningún narcotraficante ha sido procesado penalmente.
Lo más difícil fue dar con el laboratorio. La vereda estaba recién abierta: ramas quebradas, huellas de llantas, la maleza apartada a la fuerza. El sitio habría operado al menos un par de meses, oculto entre la espesura, apenas percibido por la comunidad cercana de El Potrero.
Conforme se asciende, el bosque de coníferas se hace más denso, hasta que un boquete entre los árboles delata la ubicación del laboratorio. El olor: acetona, ácido, sosa… compuestos que flotan en el aire y se impregnan en la nariz.
Fuente: Milenio.











